jueves, 7 de abril de 2011

Viaje Vigesimosegundo

  El superior de las misiones era un hombre de una hospitalidad exquisita; me invitó a
una comida compuesta de especialidades locales (piglotas en jalea, drumbios asados y,
para postre, las mejores crismas del mundo); nos acomodamos luego en la terraza
de la
casa misional. El sol lila nos calentaba deliciosamente, los pterodáctilos, numerosísimos
en el planeta, cantaban en los arbustos; todo era paz y quietud. En medio de aquel
silencio, el anciano superior de los dominicos empezó a sincerarse conmigo contándome
sus problemas; se quejaba de las dificultades del trabajo misionero en aquellas regiones.
Así, por ejemplo, los quintilianos, habitantes de la bochornosa Antilena, tan frioleros que
tiritaban de frío a 600 grados Celsius, no querían ni oír hablar del paraíso; en cambio las
descripciones del infierno despertaban en ellos un interés muy vivo a causa de las
condiciones favorables (pez hirviente, llamas), que reinaban allí. Además, no se sabia
quién podía ingresar en el estado sacerdotal, ya que se distinguían entre ellos cinco
sexos: era un problema arduo para los teólogos.
Dije que lo lamentaba; el padre Lácimón se encogió de hombros:
-Ah, hay cosas peores. Los bzutos, por ejemplo, consideran que la resurrección es un
acto tan corriente como ponerse un traje y no hay manera que la reconozcan como un
milagro. Los dartrudos de Egilia no tienen brazos ni piernas; podrían santiguarse
solamente con colas, pero yo no puedo tomar, solo, una decisión tan importante. Estoy
esperando una contestación de la Sede Apostólica desde hace dos años, pero el Vaticano
guarda silencio... ¡Y lo del pobre padre Oribacio, de nuestra misión! ¿Ha oído hablar de su
cruel destino?
Dije que no sabía nada.
-Escuche, pues. Ya los primeros descubridores de Urtama no tenían palabras de elogio
para sus habitantes, los poderosos memnogos. Todos están convencidos de que esos
seres racionales pertenecen a las criaturas, más serviciales, dulces, bondadosas y llenas
de altruismo de todo el Cosmos. En la esperanza de que la semilla de la fe brotaría
felizmente en esta clase de gleba, mandamos a los memnogos al padre Oribacio,
investido de la dignidad de obispo 'in partibus infidelium'. Los memnogos le recibieron en
Urtama con una hospitalidad ejemplar: le rodearon de atenciones casi maternales, le
respetaban, obedecían a cada palabra suya, adivinaban sus intenciones y cumplían todos
sus deseos, parecían absorber sus enseñanzas con anhelo; en una palabra, se le
entregaron por entero. Las cartas que el pobrecito me escribía rebosaban de alabanzas y
de satisfacción por su corportamiento...
Aquí el padre dominico se secó una lágrima con la manga del hábito.
-En una atmósfera tan favorable, el padre Oribacio no cesaba de predicar dia y noche
sobre los principios de la fe. Después de explicar a los memnogos la historia del Viejo y
del Nuevo Testamento, el Apocalipsis y las Cartas de los Apóstoles pasó a las vidas de
los mártires del Señor. Pobre, éste fue siempre su tema predilecto...
Sobreponiéndose a la emoción que le embargaba, el padre Lacimón siguió hablando
en voz trémula:
-Les narró, pues, la vida de San Juan, que logró la luz eterna por ser hervido en aceite,
la de Santa Agueda, que se dejó cortar la cabeza por la fe, la de San Sebastián, que
acribillado de flechas, sufrió crueles tormentos y en recompensa fue recibido en el Paraíso
por los coros angélicos; les habló de los jóvenes mártires que sufrieron el tormento de
descuartizadón, estrangulamiento, la rueda y la pira, soportándolo todo en éxtasis con la
seguridad de ganarse un sitial a la diestra del Señor de las huestes celestiales. Cuando
les había relatado la historia de muchas vidas parecidas, dignas de ser imitadas, los
memnogos, todo oídos, empezaron a mirarse de soslayo; el mayor de ellos preguntó
tímidamente:
-Reverendo sacerdote nuestro, maestro y padre venerable, si el atrevimiento de tus
indignos servidores no es demasiado grande, dinos, te rogamos, si el alma de todo
hombre dispuesto a sufrir martirio va al cielo.
-Indudablemente, si, hijo mío -repuso el padre Oribacio.
-¿Ah, si? Muy bien... -dijo lentamente el memnogo-. ¿Y tú, padre venerado, deseas ir al
cielo?
-Es mi más ferviente deseo, hijo mío.
-¿Deseas también ser santo? -siguió preguntando el memnogo.
-Hijo amado, ¿quién no lo quisiera? Pero yo, un pobre pecador, no puede soñar
siquiera con una dignidad tan elevada. Para conseguirlo hay que emplear todas las
fuerzas del espíritu y toda la humildad del corazón...
-Pero tú quieres ser santo, ¿no es verdad? -volvió a asegurarse el mayor de los
memnogos, echando una mirada significativa a sus compañeros, que ya se levantaban
disimuladamente de sus asientos.
-Claro que si, hijo mío.
-¡En tal caso, nosotros te ayudaremos!
-¿De qué manera, amados míos? -sonrió el padre Oribacio, conmovido por el ingenuo
celo de su fiel rebaño.
Entonces los memnogos lo cogieron suavemente pero con firmeza por los brazos y
dijeron:
-¡De la manera, querido padre, que tú mismo nos enseñaste!
Acto seguido le despellejaron la espalda y se la untaron con pez, al igual que el
verdugo de Irlanda hiciera con San Jacinto; luego le cortaron la pierna izquierda como los
paganos a San Pafnucio, le abrieron el vientre y se lo rellenaron con un haz de paja igual
que le pasó a la beata Elisabeth de Normandía, después de lo cual lo empalaron como los
emalquitas a San Hugo, le rompieron las costillas como los tiracusanos a San Enrique de
Padua, y le quemaron a fuego lento como los borgoñones a la Doncella de Orleáns.
Después descansaron un ratito, se lavaron y empezaron a verter lágrimas amargas por su
pastor amadísimo perdido para siempre. Los encontré así, desesperados, al pasar por su
parroquia durante mi visita a todas las estrellas de la diócesis. Cuando me dijeron lo que
habían hecho, se me pusieron los pelos de punta. Al colmo del desespero, grité:
-¡Indignos criminales! ¡El mismo infierno es poco para vosotros! ¿Sabéis que
condenasteis vuestras almas para la eternidad?
-¡Oh, si -contestaron sollozando-, lo sabemos!
Aquel memnogo tan grande se puso en pie y me dijo:
-Venerable padre, sabemos que seremos condenados y atormentados hasta el fin del
mundo: tuvimos que luchar desesperadamente con nuestra propia conciencia antes de
tomar aquella decisión, pero el padre Oribacio nos decía siempre que no había cosa que
un buen cristiano no hiciera por su prójimo, que había que dárselo todo y estar preparado
para todo. Así que renunciamos con desesperación a nuestra salvación, deseando
solamente que nuestro amadisimo pastor tuviera la corona de mártir y la santidad. No
puedes imaginar qué difícil fue para nosotros, ya que antes de la llegada del padre
Oribacio nadie aquí era capaz de matar una mosca. Le suplicamos, pues, repetidas
veces, le pedimos de rodillas que cediera un poco y suavizara la dureza de las
obligaciones del creyente, pero él afirmaba que por el prójimo se debía hacer todo, sin
excepciones. Nos convencimos finalmente de que no podíamos negarle nada.
Comprendíamos igualmente que éramos muy poca cosa en comparación con aquel santo
varón y que merecía nuestros mayores sacrificios. Creemos firmemente que nuestro acto
tuvo éxito y que el padre Oribacio mora ahora en el cielo. Aquí tienes, padre venerable, la
bolsa con la cantidad que hemos reunido para su proceso de canonización, porque él nos
había explicado que así se hacía y que era imprescindible. Debo decirte que sólo le
hemos aplicado sus torturas preferidas, las que nos describía con mayor entusiasmo.
Confiábamos que le serían gratas; sin embargo, él se resistía, y lo que menos le gustó fue
tragar el plomo hirviente. En cualquier caso, no quisimos admitir que el sacerdote nos
decía una cosa, pensando otra. Sus gritos no podían ser más que una señal de
descontento de unas partículas bajas y corporales de su ser, así que no le hicimos caso,
conforme a sus enseñanzas de que había que rebajar el cuerpo para enaltecer el espíritu.
En el afán de animarle, le recordamos los principios que nos inculcaba, a lo que el padre
Oribacio contestó con una sola palabra, desconocida e incomprensible para nosotros;
seguimos sin entenderla, porque no la hemos encontrado ni en los libros de oraciones que
nos había regalado ni en las Santas Escrituras.
Al llegar al final de su relato, el padre Lacimón se limpió la frente, perlada de gruesas
gotas de sudor. Durante un largo rato ni él ni yo proferimos una palabra. Finalmente, el
anciano dominico rompió el silencio diciendo:
-¡Ya me dirá usted cómo se puede ser pastor de almas en estas condiciones! ¡Fíjese
ahora en esto! -El padre Lacimón golpeó con la mano una carta abierta sobre la mesa-. El
padre Hipólito me informa desde Arpetusa, un pequeño planeta de la Libra, que sus
habitantes se niegan a contraer matrimonio y procrear hijos, de modo que su raza corre el
peligro de extinción total.
-¿Por qué? -pregunté, asombrado.
-¡Porque al oír que las relaciones carnales eran un pecado, desearon tanto la
salvación, que todos hicieron voto de castidad y lo mantienen! La Iglesia lleva dos mil
años pregonando la preponderancia de los cuidados necesarios para la salvación del
alma sobre los de los asuntos terrenales, pero nadie lo tomaba al pie de la letra, ¡por el
amor de Dios! Todos esos arpetusanos, digo bien, todos, sintieron la vocación e
ingresaron en masa en las órdenes; observan las reglas de manera ejemplar, rezan,
ayunan y se mortifican, mientras que faltan manos en la industria y la agricultura, se ve
venir el hambre y el fin del planeta. Mandé un informe sobre ello a Roma, pero, como de
costumbre, la respuesta es el silencio...
-Encuentro que lo de llevar la fe a otros planetas fue un paso arriesgado... -observé.
-¿Y qué remedio quedaba? La Iglesia no tiene prisa, 'Ecclesia non festinat', bien lo
sabemos, ya que su reino no es de este mundo; ¡pero mientras el Colegio Cardenalicio
celebraba consejos y vacilaba, en los planetas empezaron a crecer como setas después
de la lluvia las misiones de calvinistas, baptistas, redentoristas, mariavitas, adventistas y
no sé cuántas más todavia! Tuvimos, pues, que salvar lo que aún se podía salvar.

Stanislaw Lem. Diarios de las Estrellas, Viajes y Memorias.